El presente estudio puede entenderse como una defensa apasionada de la célebre frase de Cardjin: La Iglesia sin obreros, no puede ser la iglesia de Jesucristo. El autor no opta por una «iglesia obrera» idealizada, ni identifica sin más como burguesa o de clases medias a una iglesia con escasa presencia obrera. La Iglesia puede preservar su autenticidad y credibilidad como comunidad recordante, que no olvida ni reprime la herencia del conflicto descrito, sino que lo conserva productivamente.